jueves, 14 de octubre de 2010

miércoles, 6 de octubre de 2010

Donovan.

Íbamos juntos a todas partes. Su pelo negro semi largo, sus ojos café oscuro, y su sonrisa amable, me encantaban. Cuando se reía, sus ojos se curvaban, y mostraba todos los dientes de esa risa increíble.

Solía dibujar y lo hacía muy bien, a pesar de que siempre en sus croqueras encontraba monstruos, vampiros, y demonios. Y como sus croqueras y pinturas, su nombre significa oscuridad.

Habían tardes en que nos perdíamos del mundo, escuchábamos música, nos enrabiábamos, nos reíamos, nos drogábamos un poco, y a veces hablábamos de amor; de alguna vez sentir amor.

La navidad de ese año fue más tétrica que otras. En casa las cosas no marchaban bien, así que me largué entre gritos y llantos de mi madre, y la borrachera de mi padre. Esa noche era más oscura que otras noches. El día anterior le había comprado un regalo, un arete de punta para su mentón, a el le encantó, y me abrasó con su gran polerón negro, aún no dábamos cuenta que no había luna.

Esa noche cuando la vio perdida, la cobijó como otras tantas veces se guardaban mutuamente, a esa pequeña que lo igualaba a pesar de sus cinco o seis años de diferencia. Le ofreció su compañía, ella aceptó. Caminaron y conversaron por mucho rato, por esas calles ya mil veces caminadas, compraron un par de botellas y cigarros baratos; esa noche ella se quería perder de verdad, y al menos estaba en confianza. Llegaron a su casa, él estaba solo, fueron a su pieza, pusieron un disco fuerte, y después de ver sus últimos dibujos y pinturas, comenzaron a beber: Uno, dos, tres, y se reian de las cosas que decían; Cuatro, cinco, seis, y la música se escuchaba más fuerte, y las miradas se perdían; siete, ocho, nueve, y el le decía que nunca la dejaría sola; diez, once, doce, y las risas ya daban vuelta en toda la pieza; trece, catorce, quince, y ya estaban en su cama, como nunca esperó, besando a quien se decía un hermano; dieciseis, diecisiete, dieciocho, y Salió el sol molesto, un sol más molesto que otros soles, y entre las vueltas que seguían dando las cosas, ella se halló sin ropa interior. Con el gran polerón negro, un cobertor azul desteñido, sus brazos estrechándola, algunas imágenes recortadas y mezcladas, y con el sabor ácido y amargó de las nauseas en la boca. Una no buena primera vez.

Salió siendo buscada, y armando los flash de recuerdos de su mente, entre el hueco creía en su útero, no tenía nada claro. No recordaba nada de esa noche tan negra. Calló, escapó, y entre llantos confundidos, sabía que no volvería a verlo.

Siguió perdida un tiempo, pero entre vergüenza, decepción, y asco, se marchó, y no volvió con aquel quien creyó una vez guardián de su alma.

Ella además de no volverlo a ver, y no saber nada del, –Sólo que por esos días mientras la buscaba terminó en una riña que lo dejó mal herido-, en contadas oportunidades trae sus recuerdos a la mente, y en esos instantes, la turba un miedo extraño, como si aún la estuviera buscando, como si quisiera creer que no cayó en una trampa de destino, -aunque sabe que no es así-. Y aunque las cosas de repente siguieron como si nada hubiera pasado, -como si esa noche tan oscura, hubiera sido el evento tras bambalinas de una función de debía continuar-, nunca habla de ello, y hasta este momento no logra recuperar los recuerdos de esa noche.

Hoy, a veces tiene días buenos y malos, unos mejores que otros, como todas las personas.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La lluvia del 99.

La noche en que Amanda murió, llovía muy fuerte. Claro, era pleno invierno del 99, no era una señal del destino como creía Marcos, simplemente estábamos en pleno invierno.

Después de la función nos fuimos a mi hotel, frente al mejor restaurante mexicano que he conocido, bebimos vino hasta tarde, y Marcos me contó que dejaría definitivamente a su santa mujercita, santa claro está, por que sólo una mártir deja que le pongan los cuernos por años, el hijo de sermones, vivir entre la casa y los conservadores todo el día, y siguir yendo a misa – Una frígida, y una masoquista diplomada según yo-

Cuando Marcos estaba más tarde encima mío, -acariciando los mejores senos que a tocado en su vida- me dijo que me amaba. Eso no es lo sorprendente, sino que me exigió que le dijera que yo también lo amaba, que era suya, y que después de mis grabaciones no me iba con ningún otro. Insistía mucho con la idea, de que era suya. Já, todavía lamento haberle lanzado la gargantilla que me regaló, pero jamás lamentare haberme sacado a ese hombre. Creer que yo, Gigi, sería de alguien alguna vez, como si fuera uno de esos ramos de rosas baratas que regalan los hombres a sus mujercitas cuando les pesa la culpa. Creer que me podía enjaular como enjauló a la masoquista de Amanda. Jamás.

Es obvio que lo tuve en mis manos un tiempo más, antes de deshacerme de él de forma definitiva –odiaba tener que tomar taxi los jueves de esa temporada de funciones- .

Pero volviendo a lo de Amanda, claro, yo también me hubiera matado si un hijo me sale cura.

Pastel de crema y moras.

Mi matrimonio fue perfecto. Un vestido blanco, una iglesia gigante, y un marido ideal; de buena familia, y enamorado. Desde que juré ante Dios amarlo para toda la vida, mi matrimonio pasó a ser lo primero. Cuando nació mi primer hijo, Francisco, pasé de ser una esposa devota, a ser una madre y esposa devota.

Marcos Cifuentes, –Mi esposo-, Francisco, y yo; Amanda Requena de Cifuentes, éramos para toda familia un ejemplo. Yo siempre cociné lo que a él le gustó, incluso hacia pimentos, -aunque yo los odiara desde pequeña-, nunca teñi mi cabello rubio que le gustaba tanto, y su ropa siempre estaba perfecta; tal como aprendí en el colegio de monjas “Nuestra señora María”. Ahí nos enseñaron a ser mujeres y esposas. Siempre intente ser pulcra, ejemplar, elegante y mesurada, y siempre me entregué a mis dos hombres, Francisco y Marcos. Dios es testigo de aquello.

Los primeros meses después de que nació Francisco, no quise dormir en la misma cama que mi marido, no por que no lo amara,- pues una se casa para toda la vida-, sino porque Francisquito era muy pequeño, y una antes que todo es como María: Madre.

Para cuando Francisquito creció, mi marido ya se hacía acostumbrado a dormir en camas separadas. En un intento desesperado por que volviera a buscarme, inicié mi militancia en el partido conservador al que el adhería. De a poco todo empezaba renacer entre nosotros. Un día, Marcos me invito al teatro, era su primer gesto afectuoso en años, esa noche daban “Olvidame otra vez” de un director bastante popular que se relacionaba con el partido. Antes de la función, Marcos me regaló una gargantilla con un delicado medallón, cuando me la puso, acercó sus labios a mi oreja, y comenzó a bajar su mano por mi escote. A pesar de ello, no sentí nada más que pudor. Lo amaba, pero no quise:

Alguien nos puede ver, vamos atrasados –Le dije-
Hace tiempo que no estamos solos – respondió-.

Al fin llegamos al teatro y empezó la función: Una obra maravillosa, una actuación perfecta. Me estremecieron hasta lo más profundo esos ojos cafés brillantes de la protagonista, lloré -aunque las señoritas no debamos hacerlo en público- y estaba tan conmovida que invité al elenco principal y su director a cenar en casa.

Ese día abrimos un buen vino, y serví con mi mejor porcelana, a la mujer de ojos brillantes, profundos, cabello ondulado, y actitud desafiante.
Gigi Legrand: La primera persona a la que no le gusta mi pastel de crema y moras.


Desde esa noche en el teatro, mi marido jamás volvió a ponerme un dedo encima.

lunes, 6 de septiembre de 2010

Gigi

Alò, sí, yo soy Ginna Legrand, “Gigi”, la mejor actriz de esta ciudad. No necesitas decirmelo, ya lo sè.
¿Qué desde cuando soy la mejor actriz? Desde muy pequeña: Estaba en la escuela, tenía once años o quizás doce, ya había tenido mi menarquia, y hace meses se había incendiado mi casa, que quedaba a dos cuadras de la plaza por calle Colón. El tema ya no me afectaba, pero Alejandro –quién seguramente hoy es un oficinista mediocre más- se rió de que me hubiera quedado sin cuarto. En realidad no me apenó, ni me avergoncé, pero me quise vengar, así que comencé a llorar, hubieras visto de qué manera lloré aquella vez, –como en mi mejor drama de Shakespeare- , a sabiendas lo hice cerca de la oficina de la directora, –Una vieja deforme y sin gusto-, y le conté lo que pasó. Alejandro estuvo sin recreo una semana, y recuerdo perfectamente los ojos de repugnancia con los que lo miraron por molestar a una pobre niña. En ese minuto, en ese exacto segundo, fue cuando supe que era excelente manipulando a las personas, en ese instante supe que podría hacer lo que quisiera con mi talento, asi que comencé a actuar. Y aquí me oyes; Gigi la mejor actriz de esta ciudad.
¿Mi relación con Amanda Requena? No sé, y ni me interesa hablar de ella, tus colegas “reporteritos de papel cuché” me relacionan con su muerte. Pero no, no tengo nada que ver con esa mojigata, yo sólo me acostaba con su marido.


Eso es todo, no quiero seguir. Cuando edites la entrevista, envíasela a mi agente, ya tienes el número.

martes, 31 de agosto de 2010

Declaraciones de una soltera endógena.


Estas verdaderas declaraciones de principios, más que lo anterior, son una forma de tomarse con humor tanto corazón roto que anda por el camino, aunque bien sabemos que entre broma y broma más de una verdad se asoma.

1. El silencio en el embate amoroso no otorga ni quita, a lo más trae enredos innecesarios en las relaciones, ya que nada es claro y nadie se pone los pantalones.

2. Detrás de una gran mujer, hay una gran zorra para arruinarlo todo.

3. Para ser engañada hay que ver estrellas.

4. Nullum crimen, nulla poena si piola queda.

5. La gente cada día es más solterofóbica, y trata de engancharle a una, ser humano con pies que se cruza, y no ven que es precisamente por eso que una anda sola; por que no nos sirve cualquier ser humano que se cruza. Aunque a veces parezcamos verdaderas Penélopes en la estación.

6. El te quiero que fácil llega, fácil se va

7. Cuando pasamos el café de la amistad no hay vuelta. En este punto un polvo puede costar demasiado.

8. Las brujas siempre triunfan. Las princesas comen, duermen, cantan, bailan, o cualquiera de esas boludeces de princesas. Las brujas: ¡No!, ellas se dedicaron a ganar, y las princesas a pensar en ser rescatadas antes de pensar en rescatarse a si mismas.

9. Los callados son los peores para la salud mental, pero los mejores en la cama.

10. Los finales felices, adeudan altas indemnizaciones a terceros, cholotales, pañuelos, y kilos de más, a todas aquellas que murieron en el intento.

11. Después de un traumático accidente amoroso, aunque duela hay que sanar, y cómo un niño volver a jugar, aunque nos cueste o tengamos pánico. Sino estaremos eternamente en cuidados intensivos.

12. Los parche curitas son en esencia desechables. Las personas con vocación de parche curita no son la excepción.

13. Hay mujeres que son enfermeras de sus amores, tratando de sanarlos y rehabilitarlos para que puedan amar. Generalmente estas enfermeras amorosas son las que terminan más enfermas.

14. En las relaciones largas muchas veces, una es cómo una arquitecta, una verdadera entrenadora de parejas. Bajo este contexto no queda más que apelar a la solidaridad: Entrene bien a su hombre.

15. En el fondo de cada macho alfa hay una gran mariposa batiendo sus alas.


miércoles, 11 de agosto de 2010

Café con tres de azúcar por favor.

Sin darme cuenta echaste esperanzas a mi café,

sin querer queriendo me embriagó tu cariño.

Y las huellas quedaron marcadas en la fibra nerviosa, en la piel de gallina, en el calor palpable.

Espero ser como la tinta engreída de un tatuaje, y que haya manchado tu piel con un flash back de sonrisas diarias.


Mi silencio es consecuencia obvia, es un mal no necesario.


Sólo espero al menos ser un fantasma en tus manos; más no pido. Aunque admito que me habría quedado eternamente en esos días y esa noche, donde me asaltó quien callado sólo miraba; quien antes de desnudar el cuerpo; desvistió la mente, el alma, las ganas, las debilidades, y la sonrisa verdadera.

Me podría acostumbrar rápidamente a un café tan dulce…