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domingo, 23 de octubre de 2011

Reporte de nada nuevo, de una chinita testaruda, a su bien amado amigo saltamontes.

Crak, crak, crak, suenan las hojas, cansadas de ser pisadas por gigantes sin rostro.
Esto no va ha terminar bien, esto no va ha terminar bien, esto no va ha terminar bien, cantan los grillos en el fondo...

La chinita seguía caminando haciendo caso omiso, con un nudo en el estómago entre miedos, recuerdos, que haceres, y un delicioso pastel que horas antes había probado con su amigo saltamontes.
Llegó pronto a la esquina de un trozo de pasto débil, dos ramas, y un semáforo, se sentó a esperar atenta sobre una lata de bebida mientras hacía más rojo y negro sus colores, recordando, recordando, agregando brillo a sus labios, recordando, recordando, y los grillos seguían cantando: No sigas esperando, no sigas esperando, no sigas esperando…

Cuando de repente distinguió esas características ocho patas a lo lejos. Se le enredaron las antenas, agarró valor y aire, partió, y le tomo una de las patas derechas para saludar: Tantas lunas. –fue lo primero que dijo-
Los grillos siguen cantando: Esto termina mal, esto termina mal, esto termina mal…

La araña la abraza y la apresa contra su cuerpo. Siguen caminando sin saber bien exactamente donde terminarán por quedar, hasta que se encontraron con una maceta bastante acogedora, al parecer regada con cariño, así que ahí comieron un poco de tallo fresco (aunque la araña claramente prefiriera moquitos pequeños para cenar) y bebieron agua de rocío.
Los grillos seguían cantando la misma tonada una y otra vez, la chinita ya enojada con estos grillos de mal agüero, les grita que se callen en el acto.

Ya el miedo se había atenuado, comentan de años para atrás, a ratos la conversación se pone tensa, pero termina por pasar con la risotada algo incomoda de la alegre chinita. Los pulgones de la maceta ya quieren dormir, así que hay que regresar.
Los grillos no se han callado, siguen cantando aún con voz más grave esa ópera funesta.

La araña, que no comía tallo fresco, no quedo satisfecha, no le gustaba para nada, y aunque intentó aguantarse, no podía resistir su naturaleza, y el hambre lo comenzaba a cegar.
El no quería nada de lo que viene, eso le dijeron sus ocho ojos de araña a la chinita, esos ocho ojos, juro por Dios que no mentían.

Ya por finalizar el camino, comienzan a discutir sobre la altura del cielo, el verde del pasto, y los colores de las rosas. Según la chinita el cielo no está tan lejos ni tan cerca; el verde más hermoso es el de principios de primavera; y todos los colores de las rosas son sus favoritos. La araña cree que el cielo está lejos, pero ansia llegar a el sea como sea; que todos los verdes son iguales; y que no le gustan las rosas, en realidad prefiere los claveles.
En medio de dimes y diretes, de alas, pelos, y patas; la furia, el hambre, y su propia naturaleza pudieron más, y la araña frente a un hermoso y solitario diente de león, atacó a la chinita, la agarró con sus patas, y le quebró una antena. La chinita, que a pesar de ser pequeña era sumamente afortunada, sin saber de donde, sacó fuerza para golpear con una pequeñísima rama la cabeza de la araña, y un poco de tierra le lanzó en los ojos. Se preparó para volar, no sin antes, escuchar a esta gran araña hambrienta indignada por haber recibido un golpe de tan mísero y débil insecto. Sin responder, y algo mareada por la antena perdida, voló lo más rápido que pudo, la araña la dejó ir, mientras con sus ahora seis ojos buenos la miraba fijo hacerse cada vez más invisible con la distancia. La chinita, no miró hacia atrás, abrió sus alas, y aunque estaba abrumaba se aguantó el llanto, ya suficiente tenemos con la lluvia que llora el cielo –pensó-.
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De repente, la ciudad se hizo más grande de lo ya inmensa que se torna para una chinita. Ahora se sentía más pequeña que sus parientes hormiguitas, chocó contra la ventana de un auto, callendo en un pequeño charco, y mientras se secaba las alas, sentía dentro de sus manchas, unas ganas increíbles de estar con su amigo el saltamontes comiendo pastel, o su amigo luciérnaga riéndose un rato con una de sus malas películas, quizás con ese palote que llama su atención más de lo debido, con la abeja reina cosinando un manjar, o con quien fuera, que no la hiciera sentir, desabrida hasta para una araña, amarga como la sangre de los alacranes, insípida como una partícula de polvo, o áspera como el tallo de las ortigas.
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Los grillos recién comenzaban a callar su bien entonado gospel, pero era demasiado tarde para los profetas soberbios, más aún frente a insectos tercos; nada bueno puede salir de eso. Bueno, pero nada bueno tampoco puede salir del amor -o no amor- de una chinita y una araña, eso hasta las avispas más tontas lo saben.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Nadie.

El último libro que leí, estaba lleno de palabras y frases en latín. Hay miles mejores que ese, pero como si mi cuerpo hubiera intuido la tragedia, recuerdo cada una de ellas.


¿Recuerdas la que te susurraba en las mañanas?

Sol lucet ómnibus.


En las aguas algo nadaba esas tardes, mi oído sabía que no era un pez. Constantemente todas las mañanas mientras yo lanzaba una caña sin cebo, escuchaba el agua, el bosque, el frío, los peces, la madera, los pájaros, mosquitos; hablaba con este silencio ruidoso del bosque… Pero esa mañana el agua habló distinto.

Eras tú, con tus nados y diez vueltas cada mañana puntual, como un ave rutinaria y meticulosa, como una moderna y casi fiel discípula de Artemisia, cazadora detallista y orgullosa.

El agua se movía distinto a los otros días, chocaba con la madera del bote con un sonido más grave, -sentía seguramente mejor que yo-, la madera me avisaba que estabas ahí


¿Sabes còmo se dice que el tiempo vuela en latín?

Tempus fugit


El tiempo volaba con tus nados de cada mañana, el mismo de esas inmensas y largas horas, de los largos días, de las largas semanas, que antecedieron a tu capricho. Los peces seguramente huían al ver una extraña, y sólo quedaba tu sonido, tu sonido quebrado, de un nado delicado, pensado, y claramente desnudo; ese era el sonido de tu cuerpo desnudo, de eso hoy no me cabe duda.

Después salías del agua. Las gotas que caían de tu pelo largo formaban un ritmo violento, continuo, que cesaba después al caer sobre tu cuerpo, luego la fricción con la toalla más tu piel de gallina, y finalmente el frío que cantaba en tu mandíbula.

Todo formaba una melodía compleja que quería seguir escuchando, pero que no pensé sentir cerca, que se plantaba toda la tarde en mi cabeza, e hicieron que me posara compulsivamente en el piano, como hace ya muchos meses -sin darme cuenta- no lo hacía.


Una tarde llegó Roberto, un viejo conocido, alto pero no lo suficientemente alto, sin mucha presencia, y por lo que recuerdo, de piel morena, y ojos claros.

-Te voy a presentar a la mejor actriz de este continente - Me comentò-

-¿Còmo es?

-Perfecta.

-Algún día iremos a verla al teatro, hace que se emocione hasta el más parco de los momios… Disculpa… no quise…

-No importa, ni yo me acostumbro. Vamos de todas formas haber si emociona hasta a los ciegos.

-Pasa Gigi, te presento a …


Te conocí y no eras perfecta. Roberto hablaba de tu belleza, tu agudo sentido del humor, y que siempre tus palabras ganaban. Pero no, no eras perfecta. Cuando nos presentaron, comprendí que el agua esas mañanas cantaba mi réquiem.

Si te hubiera visto, seguramente habría caído rendido como todos, ante esos ojos que según Roberto son pardos, y que según tú son café oscuro, y que para mi sólo serán ojos.

Pero yo te conozco, yo te conozco de verdad, en cada rincón, cada meridiano de tu cuerpo, y cada ágora de tu mente, cada nota de tu voz, cada defecto y afecto de tus rincones.

Gigi, no me deslumbraste.


Cuando meses después fui a una de tus funciones, oí a mujeres y hombres en cada respiración de sus emociones, diciendo que tu acto les apretaba el pecho. Pero a mi no me pasó nada, no sé si por que jamás podré emocionarme con tus obras, por que nunca me gustó el teatro, o por que yo escuchaba tu cuerpo desnudo en el agua.


¿Sabes en lo que me convertí sin ti?

Nemo

"La herida de amor la sana el mismo que la hace"

Terminó la serie de funciones de la gira que culminó en el teatro Ronsón. Un éxito rotundo: Butacas llenas, ramos de flores, fotografías, prensa, y aplausos. Una secuencia lógica, no podía no ser así si estaba pisando las tablas, si estaba yo, Gigi Legrand, mirando fijamente a cada uno en esas butacas, si movía mis manos con la delicadeza de un ave herida, y encarnaba la mirada tal como lo hace la agonía. El director –Un tipo, grotesco de solo verlo- quedo fascinado con el éxito, pero se deslumbró muy fácil con algo que no era suyo, y por lo que supe, ya anda por ahí gastándose lo que no le quedó en puteríos de poca salubridad, y tomándose los recuerdos de las butacas.


Por mi parte, uno de mis admiradores, resultó ser el escritor Roberto Aucón –Mediocre y narcisista, como todo escritor de best-sellers- quien me invitó a su cabaña del sur, y yo con tal de librarme de los periodistas y de Marcos, era capaz de irme al fin del mundo. Me largué, eso sí le exigí que si no me gustaba me traería al segundo que lo dijera.


A muchas mujeres les fascinan los escritores –no los verdaderos, sino los que se llaman a si mismo escritores-, con su aire de oscuros, sufridos, sensibles, esas son el mismo tipo de mujeres que las dejan en segundo lugar estos depresivos mal nacidos, que las engañan, las hacen sufrir, ni las miran, las pierden, y después se protegen como mocosos asustados en su “don”. A mi no. Creo que la mayoría de los que se aferran al nombre como pulpos, no son capases de quererse más que a si mismos, y hoy por hoy cualquier borracho y mujeriego se puede hacer llamar escritor; selecto de un grupo machista, lleno de vicios, y enfermedades sexuales. En cambio a pocos los podemos llamar así. –A ellos si que les debo mucho-


La cabaña era pequeña, típica del sur fío, pero el paisaje digno de una postal. Con Roberto almorzaba y lo acompañaba a ratos, cuando el me mostraba como a un gran trofeo al que aspiraba y nunca tendría frente a sus conocidos y empleados –personas que en ese pueblucho de fin de mundo, no debe sumar más de ocho-


La tercera mañana, me desperté temprano, salí a caminar al lago que estaba a sólo unos minutos, y aunque quiera las ciudades míseras, ese bosque gigante me daba buena compañía, en eso, vi a un hombre en el lago, tenía buen porte, y una caña metida en el lago, -claramente pescando-, concentrado con su cabeza gacha, no me miraba. Lo miré fijamente, pero el seguía sordo en su bendita pesca. Acto seguido me saque la ropa, y me metí al lago, nade en ese frío de mierda, y el no me miro. Eso no se quedaría así, -Dije- cuando me vea, seguramente se arrepentirá cada día de su vida, yo Gigi Legrand, nadando en frente del, y el muy estúpido fijo con unos peces. No, esto no pasa en ninguno de mis escenarios. Así que cada mañana a las 9am, yo estaba en el lago, desnuda, nadando, lo miraba fijo, y cada vez lo conocía más; aunque estuviera siempre abrigado por el frío, lo podría distinguir fácilmente si lo viera en este pueblucho.


A la tarde de la quinta mañana, su imagen me rondaba más de lo habitual, lo veía pescando, ¿Cómo sería? Seguramente un tipo serio y aburrido, un maricón reprimido seguramente si no miraba aunque fuera de reojo una mujer desnuda en el lago.

Caminé al cuarto donde Roberto se arreglaba para ir a una comida, con un tipo que según el era su gran amigo hace años, con un terrible accidente a cuestas, en realidad no escuché mucho de su historia. Lo miré fijamente, agarré su mejilla con mi mano derecha, y lo bese. El muy idiota ni siquiera cuestionó mi beso, tomé sus manos las lleve a mi cintura, desabroché su camisa, su pantalón, mi sostén color vino tinto, y por alguna razón, cuando sus dedos tomaron mis manos para subir por mi escote, quise que lo sintiera el extraño del bote. Quise que sintiera; que cada roce y cada huella, le ardieran en la piel. Que le calaran el pecho, como a una fruta recién servida.


Después de su no brillante debut, partimos donde su amigo, con media hora de retraso y un vino tibio, y ahí estaba, Esteban C., un pianista, que juega a ser un mal pescador por las mañanas, un pianista que tiene las quemaduras de las huellas de Roberto; pianista que esa tarde parecía furioso sin saber por qué, que miré fijamente sin que me viera, me que obsesionó entre las blancas y las negras: ¡Jjuro por mi carrera, que me vas a ver aunque no puedas! Tú lo supiste desde el primer momento, y como eres un caballero me lo advertiste:


-Adiós, un gusto conocerlo Esteban.

-Igualmente Gigi.

Amoris Vulnus Idem Sanat qui facit –Susurraste poseso en mi oído sin que nadie más notara-

miércoles, 6 de octubre de 2010

Donovan.

Íbamos juntos a todas partes. Su pelo negro semi largo, sus ojos café oscuro, y su sonrisa amable, me encantaban. Cuando se reía, sus ojos se curvaban, y mostraba todos los dientes de esa risa increíble.

Solía dibujar y lo hacía muy bien, a pesar de que siempre en sus croqueras encontraba monstruos, vampiros, y demonios. Y como sus croqueras y pinturas, su nombre significa oscuridad.

Habían tardes en que nos perdíamos del mundo, escuchábamos música, nos enrabiábamos, nos reíamos, nos drogábamos un poco, y a veces hablábamos de amor; de alguna vez sentir amor.

La navidad de ese año fue más tétrica que otras. En casa las cosas no marchaban bien, así que me largué entre gritos y llantos de mi madre, y la borrachera de mi padre. Esa noche era más oscura que otras noches. El día anterior le había comprado un regalo, un arete de punta para su mentón, a el le encantó, y me abrasó con su gran polerón negro, aún no dábamos cuenta que no había luna.

Esa noche cuando la vio perdida, la cobijó como otras tantas veces se guardaban mutuamente, a esa pequeña que lo igualaba a pesar de sus cinco o seis años de diferencia. Le ofreció su compañía, ella aceptó. Caminaron y conversaron por mucho rato, por esas calles ya mil veces caminadas, compraron un par de botellas y cigarros baratos; esa noche ella se quería perder de verdad, y al menos estaba en confianza. Llegaron a su casa, él estaba solo, fueron a su pieza, pusieron un disco fuerte, y después de ver sus últimos dibujos y pinturas, comenzaron a beber: Uno, dos, tres, y se reian de las cosas que decían; Cuatro, cinco, seis, y la música se escuchaba más fuerte, y las miradas se perdían; siete, ocho, nueve, y el le decía que nunca la dejaría sola; diez, once, doce, y las risas ya daban vuelta en toda la pieza; trece, catorce, quince, y ya estaban en su cama, como nunca esperó, besando a quien se decía un hermano; dieciseis, diecisiete, dieciocho, y Salió el sol molesto, un sol más molesto que otros soles, y entre las vueltas que seguían dando las cosas, ella se halló sin ropa interior. Con el gran polerón negro, un cobertor azul desteñido, sus brazos estrechándola, algunas imágenes recortadas y mezcladas, y con el sabor ácido y amargó de las nauseas en la boca. Una no buena primera vez.

Salió siendo buscada, y armando los flash de recuerdos de su mente, entre el hueco creía en su útero, no tenía nada claro. No recordaba nada de esa noche tan negra. Calló, escapó, y entre llantos confundidos, sabía que no volvería a verlo.

Siguió perdida un tiempo, pero entre vergüenza, decepción, y asco, se marchó, y no volvió con aquel quien creyó una vez guardián de su alma.

Ella además de no volverlo a ver, y no saber nada del, –Sólo que por esos días mientras la buscaba terminó en una riña que lo dejó mal herido-, en contadas oportunidades trae sus recuerdos a la mente, y en esos instantes, la turba un miedo extraño, como si aún la estuviera buscando, como si quisiera creer que no cayó en una trampa de destino, -aunque sabe que no es así-. Y aunque las cosas de repente siguieron como si nada hubiera pasado, -como si esa noche tan oscura, hubiera sido el evento tras bambalinas de una función de debía continuar-, nunca habla de ello, y hasta este momento no logra recuperar los recuerdos de esa noche.

Hoy, a veces tiene días buenos y malos, unos mejores que otros, como todas las personas.

lunes, 21 de septiembre de 2009

Olvido número 39

Quisiera entender tantas cosas…
Pero sobre muchas cosas tus “No” y tus mentiras;
Haber si así se alumbran los “Si” y las pocas verdades que salen de toda esta historia “Novelistica” que guardamos entre nos.

Por todos los heridos que hemos dejado en el camino, (Cada uno por su lado), deberían dejarnos encarcelados, y seguramente a ti te enviarían a la silla eléctrica.

Por muy buenas intenciones que tengas, y por mucho que quieras, ya no podrás resucitar mi tiempo muerto, ni devolver las lágrimas que dejé en tu guitarra.

Pero en este punto: ¿Qué puedes hacer? ¿Qué puedo pedir? ¿Qué ya vale la pena y qué no?

“Ya sabes, te amo, pero estoy guardando un lindo amigo en mi corazón” (F. Páez)

Y yo desde abajo, regalándote una mirada, haber si puedo hacerte creer que todo está mejor que ayer.

Quisiera entender tantas cosas…
Como por ejemplo:
Por qué no deja de llegar tu sonrisa a mi mente; como un feedback asesino de toda voluntad de olvido.

Lo seguiré intentando…No lo dudes.