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viernes, 13 de mayo de 2011

A mitad del verano...

Como un mal repetido cuento,
grité furiosa golpeando la pared;
grité tu nombre, llore tus letras.
Cuan dejabú sobreadvertido,
dormí en sábanas que empapé con un par de ojos cargados,
hasta que al fin me dominó el agotamiento:
Un letargo sin sueño.

Déjame tranquila
¡te lo ruego!
Ya me robaste un par de años de juventud
¿No fueron suficientes?
Excesivo.
Ya me sacaste las ganas y las lanzaste al canal.
¿No te parece mucho?
Bastante.
Ya me doblegaste,
manipulaste,
ilusionaste,
destruiste,
me construiste,
y volviste a destruir.
¿No es demasiado?
Hastiante.
¿Con qué más puedes jugar?
Esto ahora es un campo minado.

Hoy no quiero seguir alojando en el limbo,
hoy sí quiero perderte.
Hoy sí creo justo que el eco de mi llanto te despierte a media noche.
Hoy Confieso que llegué a pensar que eras invencible.

A veces temo que te amé tanto,
que el único caminó viable es detestarte.
Pero ni te enterarias, y no por que no fuese evidente:
Sino por que es menos convincente el herido que no llora.

¿Sabes?
Ya no creo en ti;
mi fe se secó,
como una lágrima en plena sequía:
Un creyente que descubre que su Dios era una vela pintada.

Pero nunca darás cuenta;
seguirás creyendo cosas de mi que no son,
hablando de mi amor como si lo hubieras desifrado,
seguirás vistiéndome con ropas que no me corresponden.
Entiende: No puedo volar contigo.
Mis rodillas encostradas dan fe de ello,
no insistas en buscarme un lugar entre tus alturas:
No volaremos juntos.
Te cuento además que las víboras no vuelan,
así que tú tampoco te ilusiones con tocar el cielo.

¿Y si la solución fuera que me fulmine un rayo?
Desaparecer ahora mismo,
¿Te imaginas?
Amanecer en un coma flagrante,
Cerrar las cortinas y quedar sin conciencia.
Un problema: Otra vez la que se apaga tendría que ser yo.
Esta vez no estoy dispuesta.
Pero tampoco puedo pedir que eso te pase a ti.
- Y no precisamente de buena samaritana-
No puedo desear que te trague la tierra o que te ahogue el mar,
seguirías apareciendo como un amigo imaginario de niñez.
Al menos vivo eres de carne y hueso; empíricamente exiliable.

Por que nuevamente se me está trisando el pecho,
Por que el tiempo de nuestros relojes ya pasó y llegas a recordármelo.
- A refregarlo en mi cara-
Ya sé que me estoy disipando,
que como la ceniza de un ánfora al viento,
estoy irremplazablemente perdiendo trozos de piel,
y tú permaneceras impávido, más vale:
Si pones tus manos me escabulliré entre tus dedos,
y si abres la boca seré un silencio.

¿Estás cómodo?
La víctima que apunta siempre duerme sobre almohadas limpias.
Pero querrás besarme el día de mi muerte; yo lo sé.
Más no te corresponderé aquél beso insulso,
si quieres prueba; te estaré esperando.

Pero no ensucies tus manos,
vive el segundo que llega,
respira las flores que te quedan,
no escarbes en la tierra,
ya para de leer y re-leer la osamenta de una historia que feneció ante estas miopes pupilas tristes.
Déjame ver mi futuro por más absurdo y menos ambicioso que te paresca.
Al final del otoño soy una mujer simple.

A mitad del invierno sigo siendo una mujer simple,
una que no podrás entender,
A la que ya no le interesa que la entiendas,
y ya ni siquiera que escuches sus razones.
Quédate en tu jaula.

Quédate en el ajuar más confortable que he visto.
que apostaría mis manos a que no podrías vivir sin tus cadenas
y yo soy muy mala herrera,
soy buena recordando sueños, jugando con palabras, y haciendo burbujas.
pero ¿Qué importa?
Seguramente ninguna llegará a los barrotes de tus excusas y disculpas:
La mayoría revientan al tercer rayo de sol.

Si supieras cuanto me ha costado creer haber sanado,
si supieras estas quinientas verdades que no quieres saber,
esas siete esquinas que no quise volver a cruzar.
No provoques mi paz arrolladora.

Regresa de donde viniste,
que yo no busco hijos ni discípulos:
Si es del infierno pues allá vete,
si es del edén pues allá vete,
no vengas ahora con la peste.
No me hagas sentir inquerible nuevamente.
Como un enigma imposible y poco interesante.

¿Sabes?
Al final de la primavera soy una mujer simple;
y para entenderme sólo necesitabas un barco de papel y un día parcialmente nublado.
Aunque quizás efectivamente, sólo sea un crucigrama mal numerado.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La lluvia del 99.

La noche en que Amanda murió, llovía muy fuerte. Claro, era pleno invierno del 99, no era una señal del destino como creía Marcos, simplemente estábamos en pleno invierno.

Después de la función nos fuimos a mi hotel, frente al mejor restaurante mexicano que he conocido, bebimos vino hasta tarde, y Marcos me contó que dejaría definitivamente a su santa mujercita, santa claro está, por que sólo una mártir deja que le pongan los cuernos por años, el hijo de sermones, vivir entre la casa y los conservadores todo el día, y siguir yendo a misa – Una frígida, y una masoquista diplomada según yo-

Cuando Marcos estaba más tarde encima mío, -acariciando los mejores senos que a tocado en su vida- me dijo que me amaba. Eso no es lo sorprendente, sino que me exigió que le dijera que yo también lo amaba, que era suya, y que después de mis grabaciones no me iba con ningún otro. Insistía mucho con la idea, de que era suya. Já, todavía lamento haberle lanzado la gargantilla que me regaló, pero jamás lamentare haberme sacado a ese hombre. Creer que yo, Gigi, sería de alguien alguna vez, como si fuera uno de esos ramos de rosas baratas que regalan los hombres a sus mujercitas cuando les pesa la culpa. Creer que me podía enjaular como enjauló a la masoquista de Amanda. Jamás.

Es obvio que lo tuve en mis manos un tiempo más, antes de deshacerme de él de forma definitiva –odiaba tener que tomar taxi los jueves de esa temporada de funciones- .

Pero volviendo a lo de Amanda, claro, yo también me hubiera matado si un hijo me sale cura.