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miércoles, 16 de febrero de 2011

Feliz Aquel


Beatus ille

Beatus ille el que hoy duerme en tus brazos.

Beatus ille el que hoy respira de tus engaños.

Pero exijo habeas corpus.

Exijo ver –y muerto- a aquel que te ame sin tu arco y flecha,

Frágil, humana, corriente.

Mis dedos conocen cada uno de los lunares que habitan cuan constelaciones tu cuerpo: Dos en tu hombro izquierdo,

tres en tu hombro derecho que forman un triángulo,

el de tu seno izquierdo; con el que colmé mi angustia con el sabor de tus pezones,

y mi favorito; ese que seguramente han pasado por alto.

Dime quién reconoce las dos mujeres distintas,

esa que baja decidida y segura besando mi ombligo,

y a esa frágil y calmada que beso en la frente.

Quien sintió tus muslos ardiendo en el frío de esta parte del mundo,

tomo tus senos; esos que caben justo en mis manos,

que conoce el momento preciso, por que tu voz se pone un tono más aguda

respiró tu cuello y conoce exactamente el tipo de perfume que usas.

Que toca tu piel, con heridas y huellas,

tus caderas amplias,

los huesos de tu clavícula; que se marcan cuando estiras el cuello,

tu cabello largo y delgado; que siempre se enreda con mis dedos,

cuando después rozo mi cara en tus brazos deseando impregnarme en tu piel,

te beso la frente y te guardo,

te abraso, tu te acurrucas como una niña.

Dudo que alguien haya visto esto.

Jamás te he dicho que eres mía,

pero seguramente lo piensas.

Cuando tomo tus caderas con fuerza y te dejas llevar,

cuando cálamo currente después escribo acordes en la curva de tu espalda,

cuando te aferro a mi,

te dejo libre y te quedas,

cuando no me hipnotizas, ni me amarras como una marioneta;

y seguimos abrazados en la cama,

cuando hago sonar el piano, y queda en evidencia que ambos estamos in articulo mortis.

Me dijeron que eras perfecta. No. No eres perfecta.



martes, 19 de octubre de 2010

Jesús desde la cuna.

Después de pasar de brazo en brazo, terminé con mi abuela, quien con sus 45 bien tenidos años, odiaba que le dijeran lo que era: Abuela. Su temor a envejecer la hacen una adolecente de pelo teñido y senos caidos.

Una noche mientras gemía con el pastor del grupo cristiano del barrio, yo me mantenía en silencio, en un silencio casi irrespirable adentro de mi cuna, con la idea de que no supieran de mi existencia, o de que no se les fuera a ocurrir alguna cosa que me involucrara.

Mientras mi abuela estaba estirando cada vertebra de los dedos de sus pies, el pastor terminó por verme:

-¿Y esa guagua?

-Ah, era de Mi María, la pobre se dio la última zumba antes que naciera el crio, y pa´ no que cae con la cabeza en plena vereda, y murió, en plenas fiestas. Cuando me llamaron me jodieron toda la celebración. No si, hasta última hora anduvo haciendo escándalo. No sé de a onde habrá salio´ esa niñita.

Venga mejor, que cuando pienso en ella y miro al crio me da pena.

-¿Cómo se llama?

-Jesús.

Desde esa noche bajo los gemidos y rasguños de mi abuela, al pastor se le metió en la cabeza llevarme a su casa, con su señora y sus tres hijos. Ni seis meses y ya quería hacerme suyo el muy hijo de puta. Y claro, que mejor para un pastor que tener al mismo Jesús en su casa.

-Llévatelo si querí, a mi me recuerda demaciao´ a la María, y tu sabí´ que yo no tengo genio pa criar –Respondió mi abuela cuando le ofreció un techo para mí y una mesada de parte de los fieles para ella.

sábado, 11 de septiembre de 2010

La lluvia del 99.

La noche en que Amanda murió, llovía muy fuerte. Claro, era pleno invierno del 99, no era una señal del destino como creía Marcos, simplemente estábamos en pleno invierno.

Después de la función nos fuimos a mi hotel, frente al mejor restaurante mexicano que he conocido, bebimos vino hasta tarde, y Marcos me contó que dejaría definitivamente a su santa mujercita, santa claro está, por que sólo una mártir deja que le pongan los cuernos por años, el hijo de sermones, vivir entre la casa y los conservadores todo el día, y siguir yendo a misa – Una frígida, y una masoquista diplomada según yo-

Cuando Marcos estaba más tarde encima mío, -acariciando los mejores senos que a tocado en su vida- me dijo que me amaba. Eso no es lo sorprendente, sino que me exigió que le dijera que yo también lo amaba, que era suya, y que después de mis grabaciones no me iba con ningún otro. Insistía mucho con la idea, de que era suya. Já, todavía lamento haberle lanzado la gargantilla que me regaló, pero jamás lamentare haberme sacado a ese hombre. Creer que yo, Gigi, sería de alguien alguna vez, como si fuera uno de esos ramos de rosas baratas que regalan los hombres a sus mujercitas cuando les pesa la culpa. Creer que me podía enjaular como enjauló a la masoquista de Amanda. Jamás.

Es obvio que lo tuve en mis manos un tiempo más, antes de deshacerme de él de forma definitiva –odiaba tener que tomar taxi los jueves de esa temporada de funciones- .

Pero volviendo a lo de Amanda, claro, yo también me hubiera matado si un hijo me sale cura.