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martes, 19 de octubre de 2010

Jesús desde la cuna.

Después de pasar de brazo en brazo, terminé con mi abuela, quien con sus 45 bien tenidos años, odiaba que le dijeran lo que era: Abuela. Su temor a envejecer la hacen una adolecente de pelo teñido y senos caidos.

Una noche mientras gemía con el pastor del grupo cristiano del barrio, yo me mantenía en silencio, en un silencio casi irrespirable adentro de mi cuna, con la idea de que no supieran de mi existencia, o de que no se les fuera a ocurrir alguna cosa que me involucrara.

Mientras mi abuela estaba estirando cada vertebra de los dedos de sus pies, el pastor terminó por verme:

-¿Y esa guagua?

-Ah, era de Mi María, la pobre se dio la última zumba antes que naciera el crio, y pa´ no que cae con la cabeza en plena vereda, y murió, en plenas fiestas. Cuando me llamaron me jodieron toda la celebración. No si, hasta última hora anduvo haciendo escándalo. No sé de a onde habrá salio´ esa niñita.

Venga mejor, que cuando pienso en ella y miro al crio me da pena.

-¿Cómo se llama?

-Jesús.

Desde esa noche bajo los gemidos y rasguños de mi abuela, al pastor se le metió en la cabeza llevarme a su casa, con su señora y sus tres hijos. Ni seis meses y ya quería hacerme suyo el muy hijo de puta. Y claro, que mejor para un pastor que tener al mismo Jesús en su casa.

-Llévatelo si querí, a mi me recuerda demaciao´ a la María, y tu sabí´ que yo no tengo genio pa criar –Respondió mi abuela cuando le ofreció un techo para mí y una mesada de parte de los fieles para ella.

jueves, 14 de octubre de 2010

Jesús.

Yo soy Jesús, sí, tal cual. Yo soy Jesús.
Nací aquí en esta misma vereda de calle Nazaret, por eso me llaman “El Jesús de Nazaret”. Una tarde calurosa de 25 de diciembre de 1967 fue la que me parieron.
María Teresa –Mi madre- era una joven que parecía un camión con su túnica de embarazo, y que salió como pudo esa tarde calurosa de la casa a pedir ayuda, cuando empecé a patear desde a dentro con todo lo que pude, para salirme de ese vientre ya mórbido. Tanto fue el dolor de mi escape, que María se desmayó en plena calle y se pegó justo con el borde en pleno mate, confundiéndose la sangre que salía de sus sesos gastados, con la de su vagina. Entre la confusión y los gritos de los sapos, nací yo. No lloré desde el primer momento en que vi al mundo donde me habían tirado, primero lo observé, detenidamente, –aunque no crean que un mocoso recién nacido, pueda ser consiente, yo sí lo era.Es más: Siempre lo he sido- y cuando el gris del cemento, el rojo de la sangre, y el hedor de la mierda llenaron mis ojos, lloré. Lloré a todo pulmón, entre los comentarios de las moscas:

-Seguro que con el porrazo de la mamá quedo tonto.
-Con to’ lo que se metía la maría pa’ entro, no es pa’ menos.

A esas viejas la miré fijo entre el llanto que desgarraba. Más adelante me encargaría de ellas.

María Teresa murió a las horas después, desangrada camino al hospital en una ambulancia que llegó tarde. Como todas las ambulancias que han tenido que llegar en mi vida.