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lunes, 30 de abril de 2012

Affair con una rata.

Ratas de mierda. Odio como suena su correr desesperado por la noche. Odio como suenan sus pasos afilados en el techo. 
Ratas de mierda. De noche grises, de cola anillada y peluda, con ojos insípidos; De día de cuello y corbata, zalameras, zapatos lustrados, y ojos perdidos. No te imaginas cuanto las odio, y cuantas noches llevo sin poder dormir en esta casa vieja, por que corren de aquí para allá, escarban, y chillan. La noche de anteayer maté a una de ellas, y creo que a ninguna de las demás le importó; le reventé la cabeza de un botellazo, y la muy asquerosa no hizo más que reventar y caer. La casera se queja cuando golpeo el techo por las noches:  “Daña la propiedad..”  - me dice-  pero nadie responde por todas las horas que he perdido de sueño.

 Puede que como castigo, o puede que como coincidencia,  pero una vez me enamoré de una rata; sí, de una rata. Era una relación extraña,  yo la miraba con ternura, y ella se escabullía por cualquier lado; yo acariciaba su pelo, y ella me trataba de morder; ella me hablaba de otras ratas, y yo sentía asco; ella chillaba cuando yo le ponía mi pene, y a mi me dolían los oídos; a mi algo me encantabade sus dientes, a ella de mi no le gustaba nada; yo odiaba sus costumbres de rata y ella corría demasiado rápido aún sabiendo que la iba a alcanzar. En realidad sabia que no iba a funcionar, por que como dije: Yo odio las ratas


sábado, 18 de febrero de 2012

Matías.

Cuando niña jugaba con los pololos en primavera. Esos insectos más grandes que las chinitas, naranjos con manchas negras. Los ponía en frascos de mermelada, donde ponía pasto, flores, y una tapa con agujeros. Pero siempre los terminaba dejando en libertad en el jardín. Siempre los terminaba devolviendo a los árboles.


Peor suerte tenían los que agarraba la Yoly, -quien hoy es una veterinaria obsesiva-. Ella sin una mala intensión, los ponía en frascos más grandes o en cajas de zapatos, en las que también ponía flores y pasto, después de eso, siempre planeaba tener muchos más, entonces trataba de que los pobres bicharracos se aparearan. Ponía uno abajo del otro y apretaba al de arriba con los dedos, generalmente con resultado de muerte. Muerte trágica para uno o ambos bicharracos sometidos a la “inseminación artificiosa” de la Yoly. Aún así cuando veía uno de estos bichos muy grande, decía que era una embarazada. Sobra decir que a los pocos días esa caja era un cementerio, y que nunca vimos parir un solo pololo.



Hoy probablemente seguimos siendo niñas completamente distintas, pero cada vez que miro las flores amarillas de los paltos recuerdo –en la medida que permite mi mala memoria- esos días con mi amiga querida, y a veces otras cosas. Las tardes como esta son una de esas.


La fecha en que al fin me separé de René, se me vino el mundo encima. Después de siete años de relación, enterarme que me engañaba a hace un par con una mocosa por lo menos diez años menos que él, y peor aún, que no terminaba ni se ponía los pantalones para “no hacerme daño” fue un golpe a lo menos ruin. Juntos pensábamos hacer tantas cosas… íbamos a tener una hija preciosa, quien seguramente iba a tener sus bucles negros, y mis ojos grandes color café claro. Él dijo que estaría conmigo siempre, y ya van dos años de las últimas malas noticias que recibí del.


Sin lugar a dudas se arrepintió cuando ella se desapareció de un día para otro con la excusa de “no hacerle daño”. Cuando llegó derretido en perdones, yo ya había sobrevivido sin René. Pasé la muerte de mi padre, que me costó mucho asumir; dos cambios de trabajo; un par de aventuras; y otro de fracasos. Mi último problema de agenda eran las penas de amor de mi ex, que culpaba al destino de su propia cobardía. A otro perro con ese hueso –pensé-, antes, preferí ir a San Hermes, mi tierra natal, a ver a mi hermana y a mi tía, a quienes –siendo franca- dejé de ver por el ritmo maldito del que nos enorgullecemos los citadinos.

Cuando llegué a San Hermes los días estaban soleados, pero no ese sol agresivo de la ciudad, sino uno que entibia lo justo y necesario. Estaba todo tal cual como la última vez que vine, ni un palto más ni un palto menos, ni un río más ni un río menos, eso sí había un par de vecinos nuevos, los cuales se adaptaron tan bien, que parecía que hubieran estado desde antes escondidos en las viejas casas y que recién ahora salieron a tomar el aire.

Mi hermana menor, cuando me vio una tarde que la llevé a comprarse un vestido nuevo, con su franqueza de siempre, me dijo sin anestesia, que parece que en vez de torta de cumpleaños me había pasado un camión por encima. Me veía agotada y algo melancólica, más aún para una ingenua de veintidós años, que cree que nunca querrá escapar de esta tierra. Ahí a todo sol, y en media callejuela, le agarré los hombros, y le dije en todos los tonos, y todas las maneras posibles, que no se enamorara. Pero era como si viera mis propios ojos de aquellos tiempos, creyendo que mis planes se cumplirían al pie de la letra sólo por que así lo había decidido una tarde de caminata: Irme del país, estudiar, enamorarme, y ser madre. A la semana me fui, prometiéndo que iría más seguido. Cuando volví a los ocho meses, mi hermana me confesó llorando que los vecinos se habían ido, que un tal “El”, nunca más la había llamado, y que tenía un atraso de ya cinco semanas. Supe con mucha pena, que ella había entendido nuestra conversación de esa callejuela, y que la entendió mucho mejor de lo que yo pronunciaba esas palabras. Tanto es así que a pesar de que no abortó, no ha querido saber del niño, siquiera mirarlo, y hace como si esos nueve meses simplemente nunca hubieran sucedido.


Miro las flores de los paltos y recuerdo… “Cuando niña jugaba con los pololos en primavera. Esos insectos más grandes que las chinitas, naranjos con manchas negras. Los ponía en frascos de mermelada, donde ponía pasto, flores, y una tapa con agujeros. Pero siempre los terminaba dejando en libertad en el jardín. Siempre los terminaba devolviendo a los árboles.”


Mientras mi hijo Matías, agarra mi falda con sus pequeñas manos sucias, viendo que cerca hay un perro. Sabe que lo voy a proteger por que soy su madre y lo amo, así que podremos seguir tomando el helado bajo este gran palto, y bajo cualquier árbol que se nos ocurra. Y aunque tiene el pelo rubio y tieso como los chincoles, sí tiene mis ojos grandes y café claro. Bueno, los mismos ojos grandes y café claro que tenemos mi hermana y yo.

domingo, 23 de octubre de 2011

El Primer olor a muerte.

He recorrido muchos países,así que nadie me puede discutir esta verdad: Todos los países son iguales. Todas las calles son iguales; todos los semáforos son idénticos; todas las penas son símiles; todos los árboles botan las hojas en otoño; todas las flores abren en primavera; hasta las falsas vírgenes sangran y cierran las piernas; y absolutamente todo en este mundo, puede ser calcado a otra cosa en otro extremo, o simplemente en frente. Todo. Menos una cosa: El olor de la muerte.

Recién llegado a La Plata, un quinceañero callado, que repite la misma verdad anteriormente dicha, sólo que sin su sabrosa excepción. Para mi todo era igual, los colegios, los barrios, las faldas de mis compañeras, y los pezones erectos de alguna mujer con frío. Hasta que en esta ciudad de diagonales, una tarde, igual a mil tardes, de leer a Paul Verlaine, pasé a masturbarme como nunca antes. Fue un “…Lucen vagamente las teclas del piano, a la luz del suave crepúsculo rosa, y bajo los finos dedos de su mano…” ¡Crach!, un choque en plena diagonal; conductor prófugo, y embarazada con resultado de muerte. En realidad no me interesaba acercarme, tampoco quería ayudar a alguien, pero cuando intenté seguir leyendo, “…Y para acabar cantaré el beso de tu labio rojo, y tu dulzura al martirizarme, ¡Mi ángel, mi gubia!...” , mi nariz empezó a ser dominada por un aroma que nunca he vuelto a encontrar, creo que era parecido a la albaca recién cortada, y después algo dulce como las flores de rodendro. Poseso me acerqué al lugar de los hechos.
– ¿Sos familia? - Preguntó un tipo de uniforme. Seguí de largo y me acerqué a la joven madre, olí su cuello torcido y lleno de sangre, y el extasis fue tal, que no recuerdo nada más hasta la noche, cuando no me podía parar de masturbar.

Esa semana decidí morir en La Plata, dejar la literatura, y dedicarme a la biología.

Recuerdo también por la fecha, la tarjeta que me dejó mi primera esposa, cuando en nuestro tercer aniversario (cada trece de junio), olvidé llegar a casa otra vez -esa noche hubo un asalto, con dos muertos, forcejeo, y siete puñaladas cada uno-:

“Puedo soportar cualquier cosa, tus amantes, tu obsesión por tener la razón, tus historias, tus malas bromas, tu desánimo, tu horrible trabajo, pero menos que no estés aquí ahora que te necesito. Puedo perdonarlo todo, menos tu ausencia. Rebeca.”

Lo último que supe de ella es que tiene lo que quiere. No la vi nunca más.
Eso sí: Nunca la engañé –Al menos con mujer viva-
Eso sí: Las mujeres defiitivamente no entienden de ausencias.

viernes, 13 de mayo de 2011

Olor a muerte.

La muerte no es igual para todos. Podrá parecer una injusticia, no sé, eso se discute con el Dios de turno. Lo que sí sé, y puedo asegurar por toda mi miserable vida, es que no todas las muertes son iguales.
Ni a la muerte llegó el comunismo puro, ni la democracia perfecta; cada forma de morir tiene un olor único.

A ver, para que me entienda el pobre cristiano:

-Cuando son puñaladas, el olor es ácido, algo oxidado con el roce del metal con los músculos internos, y según el número de puñaladas este es más o menos denso.

-Cuando la muerte es por asfixia, el olor es a lavanda muy concentrada.

-Cuando es suicidio, el olor es cítrico, con detalles en sus notas mayores dulces, y variaciones en estas según la forma que se haya elegido.

-Cuando es por vejez, el olor es definitivamente dulce, a caramelo, como cuando el azúcar está a pelo en la olla, con una pisca de cedrón, y ruda.

Eso sí: La muerte es un perfume queodos usan.

No lo sabré yo, que llevo tantos años de circo, trabajando en esta morgue, abriendo cuerpos en pleno rigor mortis los días que hay suerte.

Eso sí: el mejor perfume de muerte que he olido en mi vida, fue el de mi tercera mujer, Lidia.

Lidia, era blanca, joven, de ojos pardo brillantes, y parecía estar siempre colmada de vida, pero adentro cargaba a ratos las penas del infierno. Tarareaba canciones en los paraderos de San Juan, ahí la conocí; y después de morder su vida, el divorcio con mi segunda esposa fue definitivo. Hacer el amor con ella, era lo único que me gustaba tanto como coleccionar el olor de la muerte.

martes, 16 de junio de 2009

Asiento 25, ventana porfavor.

Me veo de regreso al mar, pero esta vez sola.
Asiento 25, ventana por favor –Pido en el Terminal – Miro a la ventana, y aunque me cuesta ignorar al par de flaytes que van tras de mi, que no paran de hablar de lo “Choros” que son y de los videos de Daddie Yanke (HORROR), no evito retrotraerme a esos días felices, a ese viaje, que por más que he intentado, ni con los planetas alineados ha vuelto a resultar.
Ahora viajo sola; de pura tincuda y porfiada que soy, convencida que me las podré aunque el mundo se ponga en contra y de cabeza, aunque tenga que agarrar mis maletas y partir sola a cualquier parte, convencida de mi seudo autosuficiencia, y del crecimiento personal que esto puede llegar a ser.

Es hora de pagar las deudas, de da las gracias, y pedir ayuda –Pienso en la ducha- Me arreglo, y bajo a la playa, que más bien es un roquerio. Me las doy de aventurera y escalo cuanta roca o piedrecita se me cruza, hasta que me topo con una animita, que no estaba la última vez que vine aquí, y me dio un escalofríos enorme:
Dos jóvenes, Joan y el “Tayo” de aproximadamente 22 años, por ellos veo también una cruz blanca pintada en lo alto de una roca; sin proponérmelo llegué casi hasta ella. Después de hablar un poco con estos nuevos reyes de la playa, subo a una roca alta y grito. Grito muy fuerte, y es que le estoy hablando al mar, y quiero que me escuche: - “Te extrañé mucho”, “Gracias por esos días tan felices”, “Ayúdame, límpiame, sácame esta pena…”- Le decía, mientras reventaba sus olas en las rocas. Saco muchas fotos (Como es típico en mi), nunca me deja de sorprender el mar, su magnitud, poder, y belleza; Pienso y le hablo a la luna, al Tayo, a Joan, a mi misma, a los replanteamientos, a las esperanzas que se quieren cansar, a los bajones, a la soledad que se siente, a mis ganas, a mis miedos y a ese aire de mujer que lo puede todo y en tacones más encima, que me ataca de vez en vez.

El viaje termina, y por esas cosas de la vida, nuevamente me toca el asiento 25, ventana. Solo que ahora sin pedirlo, y sin ese par de flaytes, solo con un par de cotorras que no dejan dormir a nadie, pero no importa, me voy leyendo, probablemente cosas que no debería, y me voy pensando, y pasando siete películas de cosas que podrían pasar, como preparándome para lo imposible, que por estos lados siempre es posible. Pensando en mi sobrina, que me cuentan que le dio la fiebre esa de los humanos porcinos, o porcinos humanos, y la gente que me pregunta por este resfrío mal cuidado. Pienso que no le tengo miedo a esas cosas, que si me llegase a dar, bueno, no me importa mucho, prefiero otras, como aprender a dominar esta guitarra que he llevado al hombro toda la semana y me tiene la espalda hecha pebre y esas canciones que perdí no sé donde, y que necesito recuperar lo antes posible, antes de volverme aún más loca escuchándome a mi misma.

Nuevamente estoy con mis maletas en el metro, ya de regreso a casa, pero esta vez sin el alma en las nubes como antes, sino en la mano, entre feliz, nostálgico, triste y nuevo. Con la absurda esperanza de volver: Asiento 25, ventana por favor – Diré- Y tú te reirás de que siempre quiera viajar mirando el paisaje, por más feo que pueda ser, pedirás el 26, e iremos por unos dulces y agua para el camino, cada uno con su guitarra, preparados para mandar todo a la cresta, darle las gracias al mar, y decirle cuanto nos ha hecho falta durante todo este tiempo…

Despierto y me río de mi misma; Es que nada me ha hecho dejar de ser una mujer ilusa y soñadora, lleve o no tacones altos.