Después de la función nos fuimos a mi hotel, frente al mejor restaurante mexicano que he conocido, bebimos vino hasta tarde, y Marcos me contó que dejaría definitivamente a su santa mujercita, santa claro está, por que sólo una mártir deja que le pongan los cuernos por años, el hijo de sermones, vivir entre la casa y los conservadores todo el día, y siguir yendo a misa – Una frígida, y una masoquista diplomada según yo-
Cuando Marcos estaba más tarde encima mío, -acariciando los mejores senos que a tocado en su vida- me dijo que me amaba. Eso no es lo sorprendente, sino que me exigió que le dijera que yo también lo amaba, que era suya, y que después de mis grabaciones no me iba con ningún otro. Insistía mucho con la idea, de que era suya. Já, todavía lamento haberle lanzado la gargantilla que me regaló, pero jamás lamentare haberme sacado a ese hombre. Creer que yo, Gigi, sería de alguien alguna vez, como si fuera uno de esos ramos de rosas baratas que regalan los hombres a sus mujercitas cuando les pesa la culpa. Creer que me podía enjaular como enjauló a la masoquista de Amanda. Jamás.
Es obvio que lo tuve en mis manos un tiempo más, antes de deshacerme de él de forma definitiva –odiaba tener que tomar taxi los jueves de esa temporada de funciones- .
Pero volviendo a lo de Amanda, claro, yo también me hubiera matado si un hijo me sale cura.
